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Desde América y como latinoamericano: a 4 años del “recen por mí”

Por Martín Pérez Millán

El autor se propone abordar y analizar la dimensión latinoamericana del discurso del Papa Francisco, arista poco explotada por el periodismo regional.

El encumbramiento de Jorge Mario Bergoglio hace cuatro años reavivó algunas alarmas en relación con los modos en como los individuos y pueblos de la América Latina se piensan y repiensan. No es desatinado conjeturar que Bergoglio hizo una hermenéutica de nuestra cultura, como quienes se animaron a pensar América desde América y como latinoamericanos.

En la última década y pico, intelectuales y académicos de nuestra región, gobiernos, grupos en el poder, agrupaciones políticas, entre otros actores de la sociedad civil, se han visto y sentido motivados, muy probablemente por la sintonía ideológica posible alcanzada, a repensar América Latina y, en deriva, a reflexionar sobre el derrotero operado por el pensamiento latinoamericano.

El Pontífice argentino fue parte de la tendencia descripta, ciertamente en las postrimerías de un período azotado y desgastado por la batalla ideológica acometida por los medios de comunicación de mayor peso en la región.

El inédito hecho de que un latinoamericano cumpla 4 años en la posición más influyente de la historia hace necesario la revisión del estado actual del pensamiento subcontinental a partir del abordaje y análisis de la dimensión latinoamericanista su discurso, ciertamente una arista poco explotada por mis colegas. Así, el artículo se propone analizar algunos aspectos constitutivos de la configuración latinoamericanista de las alocuciones pronunciadas por Francisco en estas tierras.

Fiel a su perfil, en sus discursos Francisco delimita el campo de la política o lo político. A su interior, define manifiestamente dos posicionamientos ideológicos disímiles. Una de las identidades es la elitista-individualista, sistema condenado por Francisco y la otra es una ‘nueva’ alternativa cuyo centro es el ser humano, la opción preferencial por los pobres.

Probablemente el lector avezado conoce la dicotomía discursiva antes sugerida. No obstante, por una cuestión metodológica se hace necesario marcar el lugar ideológico desde donde Bergoglio toma partido o fija posición.

Ciertamente, las alocuciones proferidas por Francisco en México, Cuba, Ecuador, Bolivia, Paraguay y, eventualmente, las que brindará en Colombia (en setiembre próximo), Chile, Uruguay y Argentina (en abril de 2018), recuperan (y recuperarán) elementos e ideas latinoamericanistas. Amenaza militar y económica, dimensión épica de la acción política y unión natural, por nombrar sólo tres componentes que, de acuerdo a la reconocida analista Elvira Narvaja de Arnoux, son constituyentes de los discursos latinoamericanos.

Amenaza militar, económica e ideológica

El Líder religioso incluye en sus discursos la cuestión de la amenaza o los factores que atentan contra la ‘Patria Grande’, que la ve perpetrada en tres frentes o fachadas. La advertencia es acerca de las estrategias imperiales que no son sólo militares. La amenaza, tradicionalmente, es económica. Y así lo comprende el ex cardenal quien vaticina: “A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados de libre comercio y la imposición de medidas de austeridad que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y los pobres”.

La subordinación, también, es por la fuerza: “En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeoran las cosas”.

Por último, Francisco introduce el colonialismo ideológico en tanto se entiende como aquella amenaza dada por el poder simbólico o cultural de los medios de comunicación –nuevos enemigos externos- en una sociedad atravesada de cabo a rabo por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Esta forma de dominación se asemeja al colonialismo mental, actitud muy expandida en nuestra sociedad, consistente en ver con ojos deslumbrados lo que proviene del centro planetario.

Ya en 2005, en el prefacio de Una apuesta por América Latina del uruguayo Carriquiry Guzmán, vertía algunas palabras al respecto. La cultura del gran “pueblo continente” se encuentra amenazada y debilitada por dos corrientes del pensamiento débil: la concepción imperial de la globalización y el progresismo adolescente. En boca del Padre Jorge: “Estas dos posturas constituyen insidias antipopulares, antinacionales, antilatinoamericanas, aunque se disfracen, a veces, con máscaras progresistas.

Dimensión épica de la acción política

El tono épico del discurso narra con entonación grandilocuente y laudatoria acciones extraordinarias y heroicas de personajes históricos o míticos. En el discurso de Francisco, el acento épico se percibe tamizado por expresiones que, a pesar de reportar mucho contenido político, han sido decididamente suavizadas merced al perfil de quien ejecuta su pronunciación.

Así, el tono épico en algunos fragmentos del discurso francisco-bergogliano ronda en torno al sujeto histórico de ‘pueblo’. Es este el gran personaje que debe encabezar una revolución pacífica pero tenaz –la revolución de la esperanza- para ver realizados sus deseos más profundos. Para el prelado, “el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas y en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio”.

La ‘epicidad’, podría afirmarse, detenta más un sentido sobrenatural en la que prima la pasión y la emoción en detrimento de la razón. La acción comunitaria que propone Francisco no sólo se racionaliza, más se comprende desde una mística particular que únicamente los pueblos del mundo entienden.

“Ustedes son poetas sociales”, interpela Francisco así a los movimientos, arengándolos a continuar abriendo caminos como lo han hecho hasta ese momento, logrando crear trabajo dónde sólo había sobras de la economía idolátrica.

Unión natural

No hay disidencias en la aseveración de que Francisco es un ferviente admirador y propulsor de la unidad de las naciones. No existe discurso latinoamericanista en que no se plantee el tema de la unidad entre nuestros países, aunque el alcance y las denominaciones hayan sido variadas.

Francisco aplaude el ahínco político materializado en pos de la extensión de lazos fraternales entre los pueblos y el respeto a la soberanía nacional y regional. Y exhorta a los movimientos para que continúen ese sendero allanado por los gobiernos de turno.

Asimismo, el ex cardenal utiliza el término de ‘Patria Grande’. Si bien José Artigas ya hacía uso de esta categoría, fue el argentino Manuel Ugarte quien lo popularizó en 1922 cuando publicó su libro La patria grande, donde reúne discursos pronunciados en diversos países latinos, promoviendo la idea de unidad continental.

La construcción de la Cultura del Encuentro -categoría repetida hasta el hartazgo- deriva en la construcción de la unidad de la América del Sur en el marco de un mundo multipolar con el objeto de amedrentar el avance imperial de la globalización dirigida por el mundo anglosajón.

Las primeras aproximaciones del Padre Jorge a las ideas de la unidad latinoamericana datan de fines de 1970, cuando el presbítero fue nombrado consejero y redactor de la revista Stromata, que ese entonces conducía el Padre Enrique Laje. En esta etapa se vincula con el Grupo de los Ríoplatenses, agrupación de teólogos argentinos y uruguayos que buscaban la identidad cultural y religiosa latinoamericana. A ellos luego se añadieron Amelia Podetti, Alberto Methol Ferré y Guzmán Carriquiry, quienes contribuyeron a forjar en Bergoglio el ideal de la Patria Grande.

Para el ex Cardenal, la única chance que tienen las naciones ubicadas al sur del Ecuador de alcanzar el desarrollo económico y la autonomía política reside en la organización de una Patria Grande Latinoamericana. “Solos, separados, contamos muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales”, decía en 2005.

La tarea asumida hoy por el Papa argentino reside -no sin contradicciones- en deconstruir y desandar, muy lentamente, siglos de opresión cultural y acuñar nuevas valoraciones para determinaciones ideológicas intra y extraeclesiales sostenidas a lo largo del tiempo.

El Papa del fin del mundo y de las periferias recupera elementos del pensamiento latinoamericanista, elementos que, congregados, configuran una matriz discursiva diferencial de la tradición eclesiástica de las últimas décadas, matriz fecundada por una propuesta socio-político-cultural liberacionista, abiertamente opuesta la red significante instaurada por el discurso dominante.

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