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STEFANONI: ¿Hacia un kirchnerismo herbívoro?

¿Cómo leer la decisión de Cristina Fernández de Kirchner de ocupar la candidatura vicepresidencial y colocar a la cabeza de la fórmula a un «dialoguista»?. El gobierno de Mauricio Macri estaba mejor preparado para combatir a una Cristina «carnívora» que a su nueva versión «herbívora». Y, al mismo tiempo, un sector importante del kirchnerismo también prefería la versión jacobina de la ex-presidenta, rodeada de más mística nacional-popular.

Cristina Fernández de Kirchner volvió a patear el tablero político: el sábado 18 de mayo, en un cuidado video distribuido en Twitter, anunció que competirá en las elecciones de este año como candidata…a la Vicepresidencia. Pero la sorpresa no quedó ahí: no eligió como cabeza de fórmula a un incondicional sino a una figura moderada, «dialoguista» y más cercana al poder económico, con quien estuvo incluso distanciada durante una década. Se trata de Alberto Fernández, el jefe de gabinete de la primera etapa del kirchnerismo. Con esto, la ex-presidenta volvió a ocupar la centralidad del tablero y obligó a sus adversarios a redefinir sus estrategias, se mostró «humilde» al renunciar a la candidatura y «abierta» al elegir a alguien que no dudó en criticarla públicamente. 

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La Argentina de hoy es muy diferente de la que imaginó Mauricio Macri cuando a fines de 2015 asumió el poder como líder de un partido de centroderecha particularmente exitoso para romper el bipartidismo y hacerse con el poder. Propuesta Republicana (PRO) hace alarde de sus visiones pospolíticas, exalta el emprendedorismo y tiene un discurso que parece estar a tono con las nuevas sensibilidades sociales en la era de la autoayuda y el capitalismo new age.

Hasta ahora, en Argentina la derecha había llegado al poder por la vía de los golpes de Estado o, en los años 90, subida al carro del peronismo neoliberal de Carlos Menem, que incorporó al gobierno a figuras emblemáticas del liberalismo conservador argentino antiperonista. Pero esta vez, a través de la alianza Cambiemos con la antigua Unión Cívica Radical (UCR), Macri, ex-jefe de Gobierno de Buenos Aires y ex-presidente del club Boca Juniors, puso en pie una derecha capaz de ganar elecciones en el marco del juego democrático, e incluso de conquistar bastiones electorales peronistas. Su discurso se centró en la «pesada herencia» del kirchnerismo –que en sus últimos años tuvo sus peores resultados económicos– y en un clivaje república versus populismo que resultó muy eficaz en la campaña electoral dirigida por el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba.

Macri intentó una vía económica gradualista que evitara el ajuste liberal ortodoxo. Pero el fracaso de esa estrategia arrojó el país a las manos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de las políticas de «déficit cero». La paradoja fue, en todo caso, que el fracaso macrista no fue causado por la movilización popular sino por el dictamen negativo de los «mercados». Así, lo que parecía una reelección segura de Macri en 2019, sobre todo luego de la victoria oficialista en las elecciones de mitad de término de 2017, se transformó en pura incertidumbre.

Aunque en la campaña el actual presidente había considerado que bajar la inflación era lo más fácil del mundo (sic), el país terminó en 2018 con una inflación superior a 40% y el valor del dólar pasó de 10 a 46 pesos entre 2015 y 2019, en un contexto crecientemente recesivo y de aumento de la pobreza. La promesa de un «país normal» finalmente alejado del populismo –tanto en sus dimensiones económicas y políticas como culturales– e integrado al mundo de los países respetables se derritió en un contexto de crisis, caída de la imagen presidencial y pesimismo sobre el presente y sobre el futuro. Si bien llama la atención el clima de calma social en un país en el que las crisis económicas suelen activar rápidamente la protesta social, lo cierto es que las penurias económicas comenzaron a tener efectos en las encuestas, y Cristina Fernández de Kirchner volvió a ocupar una posición expectante.

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En 2015 Fernández de Kirchner dejó el poder con la Plaza de Mayo llena de simpatizantes que la despidieron con la consigna «Vamos a volver». Había gobernado, junto con Néstor Kirchner, durante 12 años después de la profunda crisis política y económica de 2001. A diferencia de otros gobiernos de la «marea rosada», que surgieron de nuevos partidos, el kirchnerismo emergió del peronismo, el movimiento creado por Juan D. Perón en los años 40, caracterizado por su ideología gelatinosa pero al mismo tiempo capaz de construir una identidad popular perdurable. Si bajo Carlos Menem en los años 90 el peronismo abandonó la tradición keynesiana y abrazó las políticas neoliberales, con Néstor Kirchner y Cristina Fernández recuperó un discurso que mezcló peronismo tradicional con la «transversalidad» hacia el progresismo no peronista y atrajo incluso a ex-adherentes de la izquierda socialista y comunista. Pero sobre todo recuperó de manera sentimental y moderada la tradición del peronismo de izquierda de los 70 –finalmente desautorizado y combatido por el propio Perón–, que incluyó a grupos armados que buscaban radicalizar el peronismo en una dirección socialista.

El kirchnerismo tuvo varios momentos. Néstor Kirchner ganó en 2003 prometiendo un «país normal», y su gestión económica logró crecimiento y superávit fiscal y promovió una política de desendeudamiento (pagó incluso la deuda con el FMI). Ya durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, el conflicto con las patronales agrarias, que rechazaron la reforma impositiva promovida por el gobierno, fue un punto de inflexión. Aunque el gobierno perdió esa batalla, construyó sobre esa derrota una victoria moral y alentó una épica política sostenida sobre el viejo clivaje «pueblo versus oligarquía», con un notable apoyo en el mundo de la cultura. Y finalmente, la muerte de Néstor Kirchner en 2010 insufló una dosis de mística que proyectó al cristinismo en una clave más cercana a la «marea rosada» latinoamericana. Fue entonces cuando Fernández de Kirchner se rodeó de figuras como la del economista Axel Kicillof, y de jóvenes de La Cámpora, la agrupación creada por su hijo Máximo.

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Pero pese a haber abandonado la Presidencia con un elevado apoyo social, Fernández de Kirchner vio cómo en los primeros años de macrismo, el espacio kirchnerista se debilitaba, golpeado sobre todo por las denuncias de corrupción contra ella y su entorno. Varios de sus ministros terminaron encarcelados y sus segundas líneas casi desaparecieron del juego político. Le quedaba, no obstante, una adhesión popular que no bajó de 30% –lo que el periodista José Natanson denominó una «minoría intensa»–, algunos alcaldes de la provincia de Buenos Aires y el bloque parlamentario de su sector, Unidad Ciudadana. Con ese capital y desde la adversidad, se dedicó a rearmar su espacio político. Entretanto, el peronismo profundizó su división entre kirchneristas y antikirchneristas.

Fernández de Kirchner y sus asesores descubrieron rápidamente que el silencio era un arma más potente que sus discursos. Y desde las oficinas del Instituto Patria, ubicadas en el centro de Buenos Aires y transformadas en su búnker político, hizo de la «política del silencio», con intervenciones muy espaciadas y precisas, su principal estrategia; un contraste con las numerosas cadenas nacionales de radio y TV de su última gestión. Pero nada hubiera funcionado sin el fracaso macrista.

Esta estrategia fue afinada en 2019. Primero, envió a su hija Florencia a Cuba, con una justificación médica, para evitar una posible detención que la habría golpeado políticamente. Luego anunció, sorpresivamente, la publicación de un libro de memorias titulado Sinceramente, que en pocas horas se transformó en un suceso editorial, con más de 300.000 ejemplares vendidos, y lo presentó en un masivo acto, cuidadosamente organizado, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Y si bien había signos de moderación previa, fue en ese escenario donde se preanunció el desplazamiento hacia el centro del kirchnerismo. Llamó a un nuevo contrato social, dijo que Macri debería copiar la política económica de Donald Trump y hasta ironizó, citando al escritor Jorge Luis Borges, conocido antiperonista, diciendo que los peronistas «son incorregibles».

Pero la sorpresa mayor fue elegir a Alberto Fernández como candidato presidencial. Absolutamente nadie lo había anticipado, ni siquiera como posibilidad, y ningún encuestador se había ocupado de él. Hasta hace poco, era considerado por los kirchneristas un «traidor». Había abandonado el gobierno precisamente después del conflicto con el campo en 2008 y muchos le recordaron haber formado parte en los 90 del partido de Domingo Cavallo, el arquitecto de las políticas neoliberales de esos años. Y lo acusaron públicamente de ser lobbista de Repsol y operador del grupo Clarín, el multimedio embarcado en una guerra periodística sin tregua contra Fernández de Kirchner.

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Si bien la polarización política, en la línea de Ernesto Laclau, le dio resultados políticos al kirchnerismo, en el terreno electoral también le propició varias derrotas, como las de 2013 y 2017, cuando la propia Cristina Fernández de Kirchner perdió ante el macrismo y entró al Senado por la minoría. El antikirchnerismo se transformó casi en una identidad política (superpuesta, pero no exactamente idéntica a la vieja identidad antiperonista). Y Fernández de Kirchner entendió que, pese al debilitamiento de Macri, la famosa «grieta» que divide a los argentinos podría jugar en su contra.

Aunque para sus adherentes más románticos el kirchnerismo fue una especie de «primavera popular» en la que los humildes fueron felices, mientras que el macrismo es un gobierno de los ricos que busca vengarse de los pobres, la realidad parece menos lineal. La memoria sobre el kirchnerismo está cargada de diversas imágenes: medidas progresistas como el matrimonio igualitario, mejoras del salario real, mejoras en el consumo popular, reactivación de los juicios contra militares de la dictadura, pero también desistitucionalización de los organismos encargados de las estadísticas nacionales y manipulación de las cifras de inflación, discursos a menudo autoritarios (aunque en verdad las prácticas gubernamentales rara vez lo fueron, a diferencia de Venezuela), y sobre todo, diversas denuncias de corrupción vinculadas sobre todo a la obra pública. El crecimiento del patrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Fernández siempre resultó difícil de explicar.

Si el silencio había sido un arma, una candidatura presidencial habría expuesto a Fernández de Kirchner a una sobreexposición que reactivaría el antikirchnerismo, como ocurrió en las elecciones de mitad de término de 2017. Y, más aún, eso ocurriría en el marco del juicio oral por una de las causas judiciales contra la ex-presidenta, que comenzó el 22 de mayo en el contexto de una competencia mediática por su mejor foto en el banquillo de los acusados.

Pero además de las dificultades locales, la actual coyuntura política muestra que el progresismo retrocede en la región, ofrece su peor cara en Venezuela y, donde se mantiene en el poder, también hizo su giro moderado (por ejemplo, en pocos meses Evo Morales entregó al gobierno de extrema derecha italiano al ex-guerrillero Cesare Battisti y se acercó al secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, enemigo número 1 de Nicolás Maduro, para garantizar el aval a su reelección).

En Argentina, pese a la gravedad de la crisis, y el rechazo al FMI, no existe una «demanda de radicalidad» del electorado. Y esto se suma al hecho de que los momentos «radicales» del kirchnerismo se leen más como abusos de poder que como posibles caminos de cambio social. Fernández de Kirchner entendió que lo que existe hoy es una disputa por el voto moderado, que su plataforma debe ser vista como ordenadora y no como fuente de división del país.

Muchos adherentes del kirchnerismo que no habían tenido experiencias políticas previas en el peronismo –y que provienen sobre todo de la izquierda– hicieron ahora su propio «descubrimiento» del peronismo y de su eficaz pragmatismo ideológico. No hay que olvidar que en la conferencia del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) realizada en 2018, frente a un público mayoritariamente feminista, fogueado en la reciente lucha por la legalización del aborto, Fernández de Kirchner señaló que las elecciones no se ganan solo con los «verdes» (movimientos en favor de la legalización), sino también con los «celestes» (movimientos provida). Y ahora, dando un paso más, colocó a la cabeza de la oferta electoral a un candidato que había calificado su segundo mandato como «deplorable».

En los últimos meses, Fernández de Kirchner ya había «amnistiado» a los «traidores» y Alberto Fernández se transformó entonces en su principal operador político después de diez años de haber cortado relaciones políticas y personales con la ex-presidenta. Además de ser más «dialoguista» y de tener mejores vasos comunicantes con el peronismo no kirchnerista, Alberto Fernández reenvía al gobierno de Néstor Kirchner en una doble dimensión: una más sentimental, sobre el ex-líder muerto en 2010, y una más pragmática, vinculada a un gobierno con muy buenos resultados económicos. Ganaron así espacio quienes buscan construir un kirchnerismo que dé un mensaje de orden –frente a un Macri que «desordena» la vida de la gente, como denunció Fernández de Kirchner–. Y, al mismo tiempo, se debilitaron las versiones más movimientistas, como la encarnada por Juan Grabois, un joven líder social amigo del papa Francisco. Pese a la presencia de Cristina Fernández en la fórmula presidencial, Alberto Fernández cierra claramente la puerta a cualquier idea de «venezuelización» de Argentina si gana el kirchnerismo, el gran fantasma levantado por la derecha. Y su misión es unir lo más posible al peronismo, especialmente atraer a los gobernadores, que controlan fuertes maquinarias políticas territoriales.

El analista de opinión pública Rosendo Fraga lo dijo con claridad: «Esta no era la Cristina que quería el gobierno como candidata». El periodista Diego Genoud refleja así el desplazamiento: muchos kirchneristas parecen ver el cristinismo pre-2015 como una suerte de infancia política de autocelebración nacional-popular y de una radicalidad algo adolescente. El momento actual sería, por el contrario, el de la adultez. El propio Kicillof –considerado por algunos una especie de kirchnero-marxista– es uno de los economistas que viajó a Estados Unidos para dar confianza de que un virtual gobierno peronista no buscará el default ni alterará las reglas del juego.

Mientras tanto, el macrismo busca salir de su propio dilema: mantener a un Macri debilitado pero no aún derrotado como candidato o cambiarlo por la popular gobernadora bonaerese María Eugenia Vidal. El gobierno claramente estaba mejor preparado para combatir a una Cristina «carnívora» que a su nueva versión «herbívora». Pero la batalla recién comienza y son muchas las sorpresas que augura el año electoral.

Este artículo fue originalmente publicado, en inglés, en la revista Jacobin: «Kirchnerism for Centrists?»

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