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Prevenir la obesidad: no es sólo cuestión de hacer ejercicio y reducir las calorías?

Siempre decimos que la obesidad es una de las epidemias más preocupantes y creciente del mundo y que está asociada a una enorme cantidad de enfermedades y complicaciones a largo plazo. Por eso, entender por qué aumentan los casos la obesidad y cómo combatirla son objetivos fundamentales.

Prevenir la obesidad no se trata solo de proponer comer poco o ejercitar más, sino de entender que el sistema de alimentación general está fallando en proveer alimentos sanos, seguros y sustentables para el ambiente y la sociedad. También se trata de comprender que hay ambientes que no promueven el combate a la obesidad. 

El estudio “Medioambientes obesogénicos: Prevención de Obesidad”, elaborado por la Dra. Irina Kovalskys, propone que el ambiente está determinado por la suma de influencias, las oportunidades y las condiciones de vida y todas ellas pueden promover la obesidad en individuos o poblaciones.

Para entender cómo está compuesto el sistema de alimentación, hay que considerar cuatro aspectos principales: hay un aspecto físico, que se refiere a la disponibilidad de los alimentos y cómo se accede a ellos; un aspecto económico, en torno al cuál es el costo de los alimentos y la dificultad de comprarlos para determinados sectores sociales; un aspecto político, que se relaciona con las reglas alimentarias y, finalmente, un aspecto sociocultural, basado en las creencias, las tradiciones sociales y las costumbres familiares. Dentro de cada uno de estos aspectos hay cosas que se pueden hacer para promover ambientes más saludables y evitar factores que tiendan a la obesidad.

En el caso del aspecto físico, de disponibilidad de los alimentos, una de las cosas que puede hacerse es cambiar el criterio con el cual se compran los productos en casa. Como siempre decimos: “hay que volver a la fuente: ¡de frutas!”. Es decir: hay que dejar al alcance de la mano productos saludables y dejar de comprar aquellos que no lo son. Si la alacena está atiborrada de galletitas, los chicos no van a comer una manzana o un yogur.

En cuanto al aspecto económico, el Estado debería subsidiar la producción y venta de productos saludables y bajos en calorías para que sean más atractivos desde el punto de vista económico y que su alto costo no sea excusa para no comprarlos. Desde el punto de vista de los hogares, lo que podemos hacer nosotros es buscar precios para poder hacer una oferta saludable en casa. Lamentablemente la inflación y los problemas económicos complican las compras de todas las familias, pero siempre hay opciones saludables: frutas y verduras de estación, cortes de carne no tradicionales, combinación de hidratos (como fideos o arroz) con verduras para que no sean tan calóricos.

En referencia al aspecto político y a las reglas con las cuales se venden los alimentos también es necesaria la intervención del Estado. Un etiquetado claro que advierta sobre altos contenidos calóricos o de sodio, la posición de los alimentos en las góndolas de los supermercados (particularmente aquellas que están para los chicos) son algunas de las cuestiones que deberían atender las autoridades. Pero también los consumidores  podemos hacer algo al respecto: informarnos, comparar, leer con detenimiento las tablas nutricionales, etc.  

Y finalmente el factor sociocultural es tal vez uno de los aspectos más importantes para trabajar en casa.  Y para comenzar a cambiar ciertas cuestiones problemáticas sobre la costumbre de alimentarnos deberíamos hacernos ciertas preguntas: ¿Por qué asociamos los cumpleaños con varias tortas: una en el trabajo o en la escuela, otra en casa con la familia y otra con amigos? ¿Por qué relacionamos cualquier encuentro social con la comida y consideramos que cuánto más engordante, mejor? ¿Por qué solo ofrecemos snacks cargados de grasa y sodio en los cumpleaños de los chicos? ¿Por qué les insistimos a los chicos para que coman todo lo que tienen en el plato aunque digan que no tienen más hambre?

En este sentido, todos los días, en casa, con familiares, en la escuela o el trabajo estamos expuestos a situaciones de fooding, que no es otra cosa que el acoso alimentario. Fodding significa padecer ofrecimientos de comida que no pedimos, que no necesitamos o que, incluso, nos hace mal. Es difícil decir que no, muchas veces nos tenemos que explicar y, si decimos que sí también es difícil medirse. Por eso, no estaría mal establecer algunas pautas en los ámbitos en los que nos movemos: como pedir que no se compren facturas en el trabajo (o que haya también oferta de frutas) o pensar en otras opciones para celebrar cumpleaños que no sea a través de torta y snack ultracalóricos.

Todo esto nos lleva a tratar de ser conscientes de que prevenir y combatir la obesidad no pasa solo por hacer ejercicio o dieta, sino de cambiar ciertas formas de pensar y comprar y todo eso podemos hacerlo nosotros y transmitírselo a nuestros hijos.

Fuente: Nutriditos.

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