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El loteo de Kilómetro 11. Fuente: "Cómo se hace un pueblo". Revista Fray Mocho, 1912.

Kilómetro 11: entre una vía y un mapa

Por Daniel Grilli – Profesor Doctor en Historia

La historia de este distrito está unida al desarrollo del ferrocarril y al sueño de un pionero italiano, que plantó la primera semilla en esta porción del suelo guaymallino. Aquí parte de su historia, relatada por un vecino.

En 1885, cuando llegó el ferrocarril a Mendoza, la línea férrea ingresaba por el sur de la ciudad, conectando las estaciones de Gutiérrez, Godoy Cruz para llegar finalmente, bordeando la actual Avenida Belgrano, a la estación Mendoza.  En 1901, a medida que aumentaba el tráfico ferroviario hacia la ciudad, debió trazarse una nueva vía, que comenzaba en las cercanías de la estación Rodeo del Medio y se extendió por 30 kilómetros en dirección noroeste para llegar a la estación Panquehua.

Este nuevo trazado, denominado Circuito Guaymallén, tenía por finalidad acortar el recorrido para los productos que venían desde la ciudad de San Juan y que se dirigían al litoral. Así es que se instalaron estaciones como la de Rodeo de la Cruz, además de apeaderos: es decir, simples paradas del tren sin infraestructura; entre ellos estaban Kilómetro 8, Kilómetro 11 y Kilómetro 14. Sus denominaciones correspondían a la distancia entre la estación Fray Luis Beltrán y la Estación General Espejo.

En cuanto a la historia del pionero italiano, se trata de Cayetano Piccione, quien se dedicó a la industria vitivinícola con su gran bodega (aún queda, sobre Avenida Bandera de Los Andes, su casa de dos pisos). Entre las propiedades que tenía la familia Piccione existía un gran predio desde la bodega hasta las cercanías del actual Puente Blanco en Kilómetro 8.  Dentro de esa gran finca, Piccione urbanizó en 1912 un sector destinado a la instalación de un nuevo pueblo. En su plano de loteo previó los espacios para la Iglesia, la plaza pública Rufino Ortega y la policía, con lo que obtuvo la aprobación gubernamental. Esta es la historia de su origen y desde allí el distrito fue forjado por cientos de criollos e inmigrantes que se instalaron en sus cuadras.

La memoria de un pueblo

Recorriendo la memoria de esos vecinos, cientos de historias se entrelazan. En cuanto a instituciones educativas, debemos recordar a la antigua escuela Chacabuco, construida sobre pilares de madera, con un gran patio, donde hoy se encuentra el Instituto Santa Rosa de Lima. Y nuestro Kindergarden, que funcionaba en un sector del patio de la parroquia, donde la señorita Mirta y a veces su mamá nos acompañaron en esa dulce etapa de juegos con los trocitos de madera, el dormir la siestita sobre las mesas redondas de colores, o cuando jugábamos en el patio al lado de la higuera. Y qué decir de los partidos jugados en el patio de la parroquia, o el subirse al campanario, cuando la soga de las campanas se cortaban.

Las bodegas marcaron el ritmo de trabajo del pueblo, ya que la ‘sirena’ de Sanmartino indicaba el inicio y fin de la jornada laboral y muchos de los que contamos años recordamos con añoranza cómo cada 31 de diciembre ella anunciaba el cambio de año con tres pitadas.

Después de la jornada laboral,  los bares cobraban vida y reunían a los vecinos para compartir un truco y una caña, el de Marroquín en la esquina de Bolívar y Nacional, el Tango Bar del Pingüino, en la esquina de Pedraza y Bandera de los Andes, el de Composto y el de la Unión Vecinal. Además, en este último sitio, no podemos olvidar los campeonatos de bochas, en el que el uniforme blanco de los competidores y el bochín  marcaban un ritual religioso de cada domingo por la mañana.

Nuestra plaza, con su antigua fuente en el centro y los pescaditos de colores, hacían las delicias de los que jugábamos a su alrededor. Era un placer recorrer los caminitos bordeados de flores alrededor de los pinos. Después, con el paso del tiempo, se instalaron los juegos infantiles que reunían a toda la culillada del barrio.

Hoy el avance edilicio ha borrado varios sitios que eran espacios de juego y diversión, como la canchita de tierra frente a la iglesia, donde hoy se encuentra el Polideportivo de Santa Rosa de Lima. Allí, hace muchos años, había un caserón enorme, donde funcionó la escuela industrial y, en el baldío de al lado, se instalaba de vez en cuando un parque de diversiones con la calesita, la rueda de la fortuna y varios quioscos de juegos.

Al recorrer hoy sus cuadras, los recuerdos de los negocios y sus dueños nos hacen volver a la niñez, cuando saboreábamos las facturas de la panadería de Nicanor Riesco, los helados en la esquina de Masmut Paz y de Regules, las compras en lo Yamín o en lo de Marón o en lo de Jairo, aquel antiguo almacén de ramos generales, que repartía la mercadería a sus clientes en su camioncito.

Hoy, a más de cien años de creación, nuestro distrito conserva la frescura de las sombras de los plátanos que circundan sus calles, el verde de nuestra plaza y lo principal: el saludo fraterno de los vecinos que llevan una vida compartiendo este lugar, que fue el que eligieron para vivir y ver crecer a sus hijos.

 

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