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El ministro de Economia, Martin Guzman junto al Papa Francisco y a la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva. Crédito: NA

El invaluable gesto del Papa para Argentina

El Papa ha dado un gesto de un valor incalculable a la Argentina al recordarle a la titular del Fondo Monetario Internacional una frase de Juan Pablo II que podría ser la llave que permita que las negociaciones sobre la deuda externa de nuestro país concluyan en un alivio más que necesario.

“Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando este vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos, es necesario encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso”.

El concepto data de 1991, de la Encíclica Centesimus Annus. Pero tiene un trasfondo bíblico, claramente, si recordamos, por ejemplo, que ya en los Salmos de David se cantaba “los malvados piden prestado y no pagan, pero los justos dan con generosidad”.

Haber llevado a la Nación a un estado de desastre, como lo hizo el anterior Gobierno, al punto de que un salvataje leonino del organismo de crédito internacional apareciera como única tabla de salvación, fue indudablemente uno de los aspectos clave en la derrota del macrismo en las últimas elecciones.

Pero el Papa, sin aludir directamente a la Argentina en particular, sino haciendo referencia generalizada a los países con dramas económicos, fiscales y financieros, no descalificó a nadie en su pedido, sino más bien prefirió apelar al corazón mismo de los líderes mundiales y de los administradores de los organismos crediticios. Fue por la segunda parte del Salmo 37,21: el de la solidaridad de las personas justas.

No sería sano, sino más bien dañino, que pretendieran ahogar a esos pueblos en miserias aún peores.

Y lo dijo Francisco, en un seminario que organizó el Vaticano y dio en llamar justamente “Nuevas formas de solidaridad”. La presencia Kristlina Georgieva, titular del FMI, no era casualidad, seguramente.

Como tampoco lo fue que las palabras del Santo Padre surgieran pocos días después de una visita del presidente argentino Alberto Fernández, a la Santa Sede.

Lo que llama la atención es que las expresó un líder religioso que proviene de un país al que todavía no ha visitado desde que asumió el Papado. Postergación que se ha dado, claramente, porque el propio Francisco ha tomado con seriedad aquello de que ahora está en un cargo universal, que no le permite inclinaciones personalistas en sus decisiones, visitas y/o prioridades.

Pero así como él ha debido cumplir su nuevo rol con esa responsabilidad que lo obligó a despojarse de nacionalidades y afectos, también se dio injustamente espacio en su país para los cuestionamientos que ahora, seguramente, podrían morigerarse a partir del enorme gesto y la oportuna señal de auxilio que le ha brindado Jorge Bergoglio a su patria.

Lo de la ocasión perfecta se entiende porque, precisamente, en los mismos días en que Fernández logra la adhesión a su pedido de auxilio, por parte de los líderes de Italia, Alemania, España y Francia, quienes abiertamente han anunciado que apoyarán a la Argentina en su pedido de piedad financiera, aparece el Papa como voz de alerta no sólo a la propia jefa del FMI, sino al mismo presidente norteamericano, quien, en definitiva, tiene el voto decisivo en materia de negociaciones de deudas del organismo internacional.

Quizá el ánimo de Donald Trump adquiera aires menos toscos tras haber superado el impeachment en el Congreso.

Lo que sí es seguro es que la voz de la Iglesia reclamando sabiamente, y argumentando no con palabras “argentinas” sino con viejas frases de un “polaco” otrora jefe espiritual del mundo occidental y católico, que alcanzó el respeto de todo el mundo por su sabiduría política, al extremo de coadyuvar al final de la guerra fría, tiene hoy al presidente norteamericano ante la inevitable necesidad de demostrar que respeta a sus aliados, por un lado, y, por el otro, al razonamiento solidario que emerge de las Sagradas Escrituras, en nuevas formas y con las mismas fuerzas.

Si a Fernández le hacía falta roce internacional, lo ha logrado en pocos días de gestión con un nivel de respaldo inédito de las máximas figuras mundiales.

De lograr así, también, mejores condiciones para afrontar la inmensa deuda heredada, estará ante una gran oportunidad de reencaminar la economía nacional, al tiempo que también se verá la ocasión perfecta para esperar una visita papal que permita comenzar a salvar la brecha de quienes pretendieron cuestionar a Francisco simplemente porque no regresa al país desde que fue electo en su cargo.

El gesto del Sumo Pontífice, en favor de los (países) más necesitados, en definitiva no es más que una coherente actitud de vida y dogma cristiano.

Lo demás, como lo dijo Jesús, será cuestión de “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Fuente: Sitio Andino.

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