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20 años sin Rodrigo, el último ídolo popular del siglo veinte

Hace 20 años, en un accidente ocurrido en la autopista Buenos Aires-La Plata, moría Rodrigo Bueno.

Por esos momentos, el cordobés era el protagonista exclusivo de una de las carreras artísticas más vertiginosas de la historia contemporánea argentina. Convertido en el máximo referentes nacional del cuarteto cordobés y logrando convocar a multitudes pocas veces reunidas en la Argentina (llenó 13 Luna Park consecutivos), “el Potro” repartía sus agitados días entre las obligaciones profesionales, su proyección al futuro y sus propios mambos personales.

Había crecido en una familia en la que la música representaba una forma de vida. No sólo desde lo filosófico sino desde lo estrictamente cotidiano y laboral. Su padre era un referente de la industria discográfica en el centro del país y eso le permitió a acceder a las grandes joyas del universo musical desde muy temprana edad. Desde chico se subió a los escenarios y pudo codearse con los personajes que admiraba y que lo enamoraron por completo. Cuando tuvo que elegir, optó por el cuarteto. Cuando escogió un espejo, se miró en La Mona. Pero también en Charly García y algunos exponentes roqueros a nivel mundial, logrando esa mixtura que terminó formando a un artista integral que se fue adaptando a las necesidades urgentes que cada coyuntura supo exigirle. Así, pudo construir una carrera en la que el cuarteto tradicional  se mixturó con gestos de pura cepa roquera y que, a lo largo de los años, se caracterizó por una apertura musical general que lo llevó a incursionar por ritmos y sonidos de todo el continente. Las evidencias están al alcance de la mano de cualquier escucha atento, las canciones a un click de distancia y se guardan en la memoria emotiva de dos generaciones de argentinos.  

Sobre finales de los ochenta se fue a vivir a Buenos Aires y empezó su derrotero artístico como solista. Allí tuvo que remar durante mucho tiempo en medio de un universo tropical en el que el cuarteto cordobés aún no había logrado instalarse con la fuerza y el peso que se le reconoce en nuestra provincia. Una movida que, paralelamente, empezaba a llegar a los jóvenes de clase media porteña y que, lentamente, fue abriendo las puertas a una escena en la que todavía Rodrigo no lograría destacarse. Lo iba a conseguir luego de varios discos y el apoyo incondicional de su entorno familiar. Fundamentalmente de “Pichín”, su papá, quien murió a los tempranos 47 años  mientras esperaba verlo actuar en el boliche Joya de Fiorito.

Luego de pasar por el padrinazgo de grandes actores de la industria como Polygram y Sony, Rodrigo grabó su séptimo disco con Magenta, la firma estrella de la industria tropical a mediados de los noventa. Allí empezó su despegue definitivo. Lo mejor del amor fue su primer éxito masivo y la canción con la que alcanzó algunos de los momentos más importantes de su carrera.

Desde ese momento, “el Potro” empezó a dejar atrás el pelo largo y las canciones más ligadas al universo de la cumbia y la música tropical, las cuales quedaron apartadas a un costado para dar entrada al cuarteto característico. Con el pelo corto, colorido y provocador, dio vida al Rodrigo cuya imagen quedó inmortalizada en la memoria popular.  

Soy cordobés, Ocho cuarenta, Y voló voló, Cómo olvidarla, Un largo camino al cielo, Fuego y pasión, Por lo que yo te quiero y Amor clasificado son algunas de las canciones que para 1999 habían convertido al cordobés en un ídolo de multitudes que se paseaba por los canales de televisión de alcance nacional logrando picos de ratings inéditos, agotaba sus fechas en conciertos de todo el país y seducía transversalmente a varias generaciones de escuchas en la Argentina y algún que otro país latinoamericano. De hecho, su muerte truncó una gira en Uruguay que iba a confirmar la trascendencia de las fronteras nacionales del fenómeno.

Las últimas horas de su vida lo llevaron, pese a su negativa a hacerlo, a visitar a Diego Maradona en Cuba, acompañado de una parafernalia que tuvo más de marketing que de deseo sincero. Cuentan que fue el propio Diego el que lo llamó para convencerlo, también que se quiso volver antes de tiempo, pero que no lo dejaron. En ese contexto le presentó “al diez” la canción La mano de Dios, otra de sus piezas más recordadas. Los archivos de ese viaje cuentan reproducciones de a millones en las plataformas digitales, a dos décadas de aquel encuentro.

Rodrigo vivía a dos mil, pero quería avanzar en su carrera, tenía la cabeza en su próximo disco y allí deseaba poner su fuerza. Cuando volvió de Cuba tuvo que cumplir con una gira por el sur y volvió a Buenos Aires. Otra vez, las corridas y la histeria. Sets de televisión, bailes en clubes nocturnos, compromisos de prensa. Su última actuación fue en la disco Escándalo de la Ciudad de La Plata. Las escenas de aquella noche de abril del año 2000 quedaron registradas por las cámaras del programa El Rayo, uno de los espacios que había sido copado por el torbellino cordobés. Volvía manejando su Ford Explorer Roja cuando, luego de un accidente que tuvo como protagonista al empresario Alfredo Pesquera, perdió el control de su vehículo, chocó contra la barrera de contención, volcó y salió expulsado de la camioneta.  

Con él viajaban su ex-esposa Patricia Pacheco, su hijo Ramiro, Fernando Olmedo y dos pasajeros más. Rodrigo y Olmedo, hijo del capocómico Alberto Olmedo, murieron en el accidente. Las imágenes de su cuerpo tapado, tirado en la ruta dejando al descubierto su cabellera ocasionalmente azul quedan en la historia de la morbosa televisión argentina. Pero también como metáfora de una vida de película que se registró y se vivió casi en vivo hasta su momento definitivo.

Eso pasó hace 20 años. Con Rodrigo se fue un pedazo de la historia de la cultura popular de la Argentina y una de las páginas más gloriosas que en materia musical se hayan escrito desde Córdoba. Tenía apenas 27 años, era hincha de Belgrano y fue el último ídolo de multitudes del siglo veinte en un país que lo lloró de Ushuaia a La Quiaca.

Fuente: La Nueva Mañana.

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